18 de abril de 2016.

Sí. Más allá de mi deshilachada memoria (hace ya tiempo que no recuerdo nada anterior), más allá de este entramado de alternativos cuadrados blancos y negros, más allá de esta extensión de locura, tuvo que haber otras cosas, pero me es imposible recordarlo.
Antes tuvo que haber el monte, la hierba, colinas bajo las nubes, un bosque. Tuvo que haber un norte y un sur, la noche, algún río, libélulas, corrientes, antes seguro que estaban los árboles, las piedras, el viento, la lluvia mojando mi lomo, antiguos caminos, el murmullo secreto de las copas. Antes tendría que haber otros animales, con pelos, con pezuñas, con cuernos, con orejas, con alas volando en el cielo, con ojos que ven bajo tierra, y más caballos, muchos más caballos, saltando, relinchando en la pradera, levantando las patas y sacudiendo las crines en las laderas templadas del atardecer.

Antes tuvo que haber todo eso, pero yo no lo recuerdo.

Todos mis recuerdos son el mismo recuerdo. Un caballo solo, solamente un caballo. Un caballo nada más que mira su reflejo opaco en el suelo; ahora negro, y veo ondear mis blancas crines al viento; ahora blanco, y me confundo con el cielo blanco.

Un caballo nada más. Dicen que me montó un rey cobarde que un día se enrocó detrás de un castillo de arena. Un caballo que salta errático en todas direcciones. Desbocado, asilvestrado, sin ninguna dirección u objeto que seguir saltando de cuadro en cuadro sin pretender encontrar nunca ningún camino. Hace ya tiempo (quién puede saber cuánto) que he perdido la esperanza de entender esta existencia, de poder descifrar la naturaleza de este juego. Tan solo brinco, cabalgo, y ni tan siquiera puedo recordar de qué color eran mis patas cuando solo veo mi rostro hirsuto, las blancas crines tristes.

En mi absurdo cabalgar solitario, de tanto en tanto, quizá guiado por un oscuro instinto asesino, me encuentro con peones que acecho desde cualquier flanco. Los reconozco débiles, asustadizos, torpes de movimientos y sabiéndome ágil, fuerte y miserable me abalanzo sin piedad sobre sus pequeños cuerpos sin que apenas se percaten, y, en un gozo desesperado, me los como.

Conservo también, como una vieja amenaza, un terror atávico, procedente de lo más profundo de mi especie, un cuidado extremo con las sombras delgadas que a veces cruzan diagonalmente como una estela sangrienta. Rápidas, vertiginosas, fúnebres, que sé que me espían desde más allá de donde alcanza mi vista esperando que un segundo de despiste (o de hambre) les favorezca la oportunidad de cazarme, asesinarme con un golpe silencioso y certero, y devorarme.

Vivo pues en un eterno salto, nunca en el mismo sitio, siempre en el punto equidistante del crimen y el arresto, siempre con la muerte enganchada a mi grupa y con la muerte también en mi quijada. Verdugo e inocente. Con un corazón asustado y fiero, escondido y hambriento, culpable de todo lo que también puede sucederme, víctima de lo que ya he hecho. Soñando siempre con volver a encontrarme a la bailarina negra, la que se mueve en todas direcciones, la que abandona al rey, la que no se deja ver mas que para arrancarte el alma, la que nunca se enroca.

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11 de marzo de 2016

Un mechón de pelo blanco acaricia mi mejilla izquierda al salir de la estación de Méndez Álvaro. Es tarde, noche cerrada, y hace mucho frío, sin duda un golpe caprichoso de esta ventisca invernal al que le gustó jugar con un bucle de mi cabello blanco.
Un mechón de pelo blanco que acompasa mis pisadas cuando encaro el final del día en esta noche que comienza. Siempre fue así: el sol fue alargando las sombras de la ciudad para ir dejando paso a un incendiado cielo que se fue cubriendo de estrellas. Todos los días, toda la vida. El sol se fue, le siguió otra noche triste en Madrid. Alguien habla y sus palabras se disipan en el viento, no se oye nada. Una amante que se ha enamorado de otro, un charco negro pegado al arcén, una carretera de alquitrán por la que circulan un sinfín de ruidosos coches anónimos, los faros rajando la oscuridad con la vana esperanza de aniquilar la noche.

Un mechón de pelo blanco que amenaza con taparme los ojos. Con un gesto tímido meneo mi cabeza para recolocar el rizo errante. Las orejas congeladas, la nariz a la intemperie, los labios cortados. Un chispoteo incómodo se empieza a cernir sobre mi cabeza. Finas gotas heladas que inundan la atmósfera de ozono, el suelo de guiños, el pasado de agujeros, como un teléfono que devuelve una señal de comunicando. Un mechón que se desliza hacia mi oído izquierdo para contarme secretos en un susurro, un murmullo cantado, al llegar a casa me espera un gato casi negro, un cuchillo afilado para cortar cebolla, unos muslitos de pollo que aprovechar, y continuar deshilachando las costuras del invierno.

6 de febrero de 2016 

Un día a Liniers le dio por dibujarse con orejas de conejo.
Clara Bilbao nunca acierta con el par de sus calcetines.

Iñaki hace una aspiración profunda con la nariz cada vez que cree que dice algo gracioso.

Irene García se fue a Canadá a cumplir su sueño de saltar en la nieve.

Paco Mazarro aprendió a mirar maquetas de trenes con su papá.

Manu tenía mucho miedo de que naciera su hija porque no sabía si sabría ser padre.

A la madre de Ernesto le da mucha pena cuando pasa por la calle donde pide el vagabundo.

Leo trabaja siempre solo y cuando encuentra a alguien le cuenta siempre un montón de cosas.

Sara, a veces, va a beber al bar para coger fuerzas para bailar en la pista.

Lucía algunas mañanas se despierta llorando y no sabe muy bien por qué.

Irene Magro pasó hambre para poder diseñar zapatos.

Mariluz teme el día que no tenga qué comer.

Susana quiso aprender judo cuando cumplió cuarenta años.

A Laurita le da mucho miedo pasar miedo, y por eso está siempre asustada.

Algunos cigarrillos a Blanquita le parece que saben a madera quemada.

Antonio saliva cuando imagina que come chuletón de buey.

Nadie sabe por qué bebía tanto Carmelo.

A Rocío le gusta mucho el arroz con leche.

Javier va ya un poco tarde, ¡corre, Javier!

Nieves no quiere que nadie se sienta sola.

Mari Paz guarda en secreto los clips que va encontrando por el suelo.

Arturo tiene una mancha y piensa que todo el mundo está mirando su manchita.

Gustavo una vez desarmó dos coches teledirigidos y con las piezas hizo otro.

31 de enero de 2016

Cuando uno no tiene nada que decir, es mejor no decir nada. En un libro de Onetti el personaje principal afirmaba que cuando uno no se encuentra realmente en el lugar en el que se encuentre, lo mejor es marcharse. Ay, marcharse. Hacer jornadas de por lo menos veinte kilómetros al día.

El otro día escuchaba una canción en un programa de radio al que me he aficionado últimamente que se titulaba Venti Chilometri al Giorno, de Nicola Arigliano cantada por Mike Patton. La canción era en italiano por lo que yo no entendía muy bien lo que decía la letra. A decir verdad no entendía absolutamente nada de lo que decía la letra de la canción italiana, salvo el estribillo, claro, que previamente había además anunciado el locutor. No sé si le pasa a todo el mundo pero cuando escucho una canción en otro idioma que no entiendo y la canción me gusta mucho, tiendo a imaginar una temática y casi una letra de la canción en cuestión, de forma que para mí tiene un sentido lírico y literario que, cuando en alguna ocasión he podido traducir la letra, o encontrarme con una traducción de la letra, pierde todo sentido. La letra me suele decepcionar, no porque sea una letra menos conmovedora, o peor escrita que lo que había en mi imaginación, sino porque en mi imaginación, liberada de las ataduras del lenguaje, la canción hablaba directamente de mi vida, de toda mi vida y de cómo yo percibo el mundo, y la traducción, el lenguaje, nunca puede abarcar toda esa emoción.

Alguna vez he jugado a escuchar una canción en otro idioma y escribir lo que la canción me está sugiriendo. Es un ejercicio divertido si superas el escollo del sentimiento de culpa y/o vergüenza por estar plagiando a otro autor y pueden salir composiciones enigmáticas e interesantes. Es divertido cómo, por ejemplo, cuando a veces captas una palabra que has entendido en el idioma original te ves obligado a introducirlo en la nueva composición. Así, a lo mejor estás totalmente imbuido por una canción de Bob Dylan, y tú estás hablando del caos y la locura de las noches de verano de los años noventa y de pronto entiendes en la canción la palabra nurse, o pet shop, y tienes que meter en las cálidas noches de drogas y amor de los veranos gaditanos una enfermera o una tienda de animales, para darte cuenta de que lo que querías explicar está mucho mejor explicado siempre con las palabras sueltas que reconoces en la voz del autor.

Este fenómeno también puede pasar en las canciones en español. Tengo un amigo que se ha pasado más de treinta años escuchando la canción Palabras para Juila cantada por Paco Ibáñez de un poema de Goytisolo y en el estribillo que dice

Un hombre solo una mujer,

Así tomados de uno en uno,

Son como polvo, no son nada,

él había escuchado siempre Un opresor una mujer, en lugar de Un hombre solo una mujer, cambiando por completo el concepto del poema, y es que cuando crees escuchar algo en una canción lo escuchas siempre y le otorgas todo el significado hasta que viene alguien a sacarte de tu confusión y devolverte una canción que para ti tenía un sentido totalmente distinto.

Lo mejor, sin duda, es que nadie te saque de tu confusión y escuchar siempre la canción que te apetezca escuchar en lugar de la canción que canta el cantante, porque al final, digan lo que digan, una obra de arte concluye cuando alguien la degusta. La autoría es compartida porque yo estoy escuchando/leyendo/observando/saboreando algo muy diferente a lo creado por el autor inicial de la propuesta. Por eso desconfío tanto de esa gente que tararea canciones en inglés y se saben perfectamente la letra. No saben lo que se pierden, no han entendido nada.

Aillorguanchu biriguanchu guanchu.

30 de enero de 2016

Estaba el niño jugando en la orilla. Le gustaba que las olas que procedían del mar y que se deslizaban levemente sobre la arena le mojaran brevemente, antes de retirarse, los pies. No sabía muy bien explicarlo pero intuía que en todo ese desarrollo del vaivén de las olas sobre la orilla se escondía un misterio insondable. Ni siquiera este era un pensamiento exactamente consciente. Él estaba sobre la arena, que era el final de la tierra y que al retroceder de las olas se veía que continuaba por debajo del mar. Y allí estaba el mar, meciéndose delicadamente sobre esa tierra que se escondía debajo de su masa. El niño estaba hipnotizado con aquel argumento eterno que bañaba levemente sus pies.

Y la espuma, quejándose sutilmente alrededor de sus dedos en un último suspiro antes de desaparecer. La espuma era como el último grito, la última agonía, que el mar dejaba sobre la arena como una velada amenaza de su majestuosidad. Y se desmenuzaba despacio para volver a ser tragada por la siguiente ola que, como un manto resbalando desde el más allá, engullía otra vez sus dedos, dejando limpia la arena, dura, correteando por entre las piedrecitas que la marea había escupido, como si una montaña se hubiera destruido en el fondo del mar.

Al niño le gustaba ese juego eterno entre el agua y la tierra. A veces construía canales para conducir las olas, creaba pequeños desniveles en la arena por el simple placer de observar como el agua rellenaba huecos, cubría agujeros, recorría caminos. Ah, el agua pensaba el niño, siempre buscando el siguiente rescoldo por el que colarse, siempre dispuesta a aprovecharse de cualquier grieta, de cualquier resquicio, de cualquier pequeño despiste que la tierra haya dejado en el olvido. Ah el agua, el agua, el agua. Siempre el agua.

El niño tiene un juguete en la mano mientras mira hipnotizado la orilla del mar sobre sus pies. Siente sin palabras que está en la tierra, que forma parte del juego cambiante de la temperatura, que las nubes del cielo, que el sol que calienta ardiente su pequeño cuerpo desnudo juegan al mismo juego que juega él en silencio, con un juguete inservible que ya forma parte de su propia mano.

Toda su mente es sal.

De pronto, como partiendo de la nada, rajando el cielo con un graznido, una gaviota se lanza en picado contra la superficie del mar, un poco más adentro, donde las olas se perciben como latentes ondulaciones azules, como una sábana recién lavada que se sacude en el aire. Quién está sacudiendo el mar, se pregunta el niño cuando la gaviota eleva el vuelo con una queja vacía sacudiendo sus alas en un despliegue absoluto de envergadura.

Y el niño se ríe.

30 de noviembre de 2015.

Valle del Kas. Dos mil quienciseis.
Estoy vertiendo té en una tacita blanca directamente desde una tetera de aluminio donde puedo ver mi rostro deformado por la superficie curva de su cuerpo, exactamente igual que en los espejos aquellos que había en el callejón del gato donde, navidad tras navidad, mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí con la intención de reírnos de nosotros mismos. Aquí demasiado bajitos, aquí estilizados, aquí deformados. Hace un poco de frío en mi casa nueva.

Apenas he traslado casi ninguna de mis cosas y, aunque la casa no parece fría hace un poco de frio. Yo creo que el frio se debe, aparte de porque es noviembre, al aspecto desangelado de sus paredes. Nunca supe poner un cuadro en una pared blanca y desnuda. Blanca y desnuda la pared está fría. El frio de la pared no impide sin embargo que pueda pensar en otras cosas blancas y desnudas. Cuando era pequeño una pared blanca y desnuda no tardaba ni media tarde en llenarse de posters, pegatinas, restos de pelotazos, huellas… ahora en cambio no juego nunca a la pelota dentro de casa, como decía el poeta la pelota que lancé al aire cuando era niño aún no ha tocado el suelo, lo malo es que tampoco se cuándo le va a dar por caer, o dónde, supongo que dentro de una casa es imposible y quizá es por eso que salgo tanto, y estoy tanto tiempo fuera de cualquiera de mis casas, paseando y mirando el cielo, haga frio, calor, llueva, nieve o las condiciones socioeconómicas del entorno parezcan inducir al delito, yo siempre estoy en la calle muy pendiente de cuándo va a caer la pelota que lancé al aire cuando era niño. No vaya a ser que caiga y no esté yo presente y se la lleve alguien y no pueda lanzarla de nuevo. Recuerdo cuando era niño la cantidad de pelotas que cayeron y se las llevó alguien. A veces incluso estando yo presente. Generalmente era alguien mucho más mayor y mucho más frustrado que me(nos) quitaba la pelota y se la llevaba, o la pateaba hasta colarla en alguna casa donde no vivía nadie y donde era imposible recuperarla. A todos nos han robado pelotas. Me gustaría mucho conocer al que robó las pelotas de los que robaban pelotas, el primer robador de pelotas. El instigador de las hostilidades. Las casas donde no vivía nadie también era una diversión muy interesante cuando nos habíamos quedado sin pelotas y nos aburríamos en los alrededores de nuestra casa. Éramos muchos niños y siempre a alguno más lanzado se le ocurría intentar entrar en alguna de esas casas donde no vivía nadie y que siempre estaban rodeadas de misterio y de alguna que otra anécdota terrorífica que nos había contado algún mayor y frustrado niño de los que siempre pululaban por el barrio. Al final entrabamos y lo único que encontrábamos eran muebles rotos, jeringuillas, revistas porno con suerte, botellas abandonadas. A veces las casas vacías eran edificios vacíos a medio construir. Un edificio entero cuya edificación había sido abandonada sin que supiéramos muy bien el motivo a nuestra entera disposición. Con sus pisos, sus escaleras, sus huecos para el ascensor, su garaje. A veces encontrábamos colchones, montones de ropa, indicios claros de vida humana. Allí también íbamos, si bien era mucho más peligroso porque no siempre eran estructuras sólidas y no siempre nos pensábamos mucho lo que hacíamos. Yo mismo, en una ocasión que nos acompañaban también niñas y ya empezábamos a interesarnos también por el sexo y la conversación, estando a una altura de un séptimo piso encontré unas tablas que cubrían el hueco de un ascensor y comencé a saltar sobre ellas gritando, Madera buena, Madera firme, emulando un poco una escena de una película de aventuras que había visto hacía poco y creyendo que quizá haciéndolo apareciese yo ante los ojos de ellas como el propio aventurero. La madera resistió, más por mi escaso peso que por su calidad, pero aun hoy, cuando a veces recuerdo el momento un escalofrío de vértigo recorre mi espalda. Un niño del grupo que se llamaba Paco, pero que llamábamos Paquito, no tuvo la misma suerte en otra obra y cayó encima de un montón de escombros desde una altura de un segundo piso. No murió, pero estuvo hospitalizado por una temporada. No recuerdo que nos dejaran ir a verlo. Seguramente nos riñeron. No nos reñían mucho pero generalmente no sabían muy bien lo que hacíamos. No sabían de las guerras a palazos y sacos de arena en las casetas abandonadas de la playa, no sabían de las batallas de trabucos cargados con huesos de dátiles que tenían lugar en los garajes, no sabían de las incursiones, unos años más tarde, en edificios habitados donde disfrutábamos investigando y a veces despertando y asustando a las familias solo para sentir la adrenalina de que nos pudieran pillar. No éramos en absoluto malos niños, todo lo contrario, nos encantaba jugar con nuestras pelotas pero a veces algún hijo de puta nos la robaba y en algo teníamos que ocupar el tiempo.

Tampoco he traído nada para las estanterías. En el salón hay una enorme estantería cavada en la pared blanca y desnuda. La estantería también es blanca y desnuda. Por eso creo que hace frio. El té humea recién vertido de la tetera de aluminio que refleja mi rostro deformado. Ahora soy un monstruo, ahora con la frente abombada, ahora demasiado fina. Tiritando, rugiendo, rechinando los dientes.